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¿Está ganando la derecha en América Latina o están perdiendo los oficialismos?

6 oct.
8 min de lectura

Milei, Bolsonaro, Trump y una nueva geografía política regional

Por el Lic. en Ciencia Política Antonio "Tony" Gallardo

La política latinoamericana está atravesando una transformación profunda.

Después de la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, en la que Flávio Bolsonaro obtuvo el 47% de los votos frente al 45% de Luiz Inácio Lula da Silva, el gobierno de Javier Milei comenzó a interpretar el resultado como una nueva señal del avance de las derechas en la región. El balotaje brasileño será el 25 de octubre.

En la Casa Rosada incluso aparece una idea de liderazgo compartido entre Milei y Bolsonaro, con Argentina ocupando un lugar de referencia político-ideológica y Brasil aportando su enorme peso económico, demográfico y geopolítico.

Pero desde la Ciencia Política hay una pregunta que debemos hacernos antes de aceptar esa interpretación:

¿Realmente estamos ante una América Latina que se está haciendo de derecha o estamos ante una América Latina que está castigando a sus gobiernos de turno?

La diferencia parece semántica, pero políticamente es enorme.

La primera clave: no todo voto a la derecha es necesariamente un voto ideológico de derecha

Existe una tendencia electoral hacia candidatos de derecha y centroderecha en distintos países latinoamericanos.

Argentina con Javier Milei, Paraguay con Santiago Peña, Ecuador con Daniel Noboa, Bolivia con Rodrigo Paz, Chile con José Antonio Kast, Colombia con Abelardo de la Espriella y otros procesos recientes muestran que el mapa regional efectivamente cambió. La Universidad Torcuato Di Tella viene analizando esta secuencia como parte de un cambio político relevante en América Latina.

Pero existe otra lectura.

Un trabajo de los politólogos Juan Pablo Luna y Cristóbal Rovira Kaltwasser, publicado en la Revista Uruguaya de Ciencia Política, planteó una explicación especialmente interesante: el denominado “giro a la derecha” latinoamericano puede entenderse, en buena medida, como una alternancia producida por el castigo a los oficialismos, más que como una realineación ideológica estructural de la sociedad hacia la derecha.

Esta idea nos permite mirar el fenómeno desde otro lugar.

El elector puede votar a Milei porque se identifica con el liberalismo económico.

Pero también puede votar a Milei porque está descontento con el gobierno anterior.

Puede votar a Bolsonaro porque comparte sus posiciones conservadoras.

Pero también puede hacerlo porque considera que el gobierno de turno no resolvió sus problemas.

Puede votar por un candidato de derecha por seguridad, inflación, empleo o corrupción.

Por eso, votar a la derecha no siempre significa que el votante se haya convertido ideológicamente en alguien de derecha.

Entonces, ¿cuándo comenzó este movimiento?

Aquí aparece otro error frecuente: pensar que todo comenzó con Donald Trump.

Trump es importantísimo para comprender la política internacional actual, pero la transformación política latinoamericana comenzó antes de su regreso a la Casa Blanca y, en algunos aspectos, antes incluso de su primera presidencia.

El fenómeno tiene antecedentes propios.

Durante la primera década del siglo XXI, gran parte de América Latina experimentó gobiernos de izquierda y centroizquierda. Hugo Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, Néstor Kirchner y posteriormente Cristina Fernández en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Michelle Bachelet en Chile y otros gobiernos configuraron lo que habitualmente se denominó “marea rosa” o giro a la izquierda.

Con el paso de los años aparecieron problemas económicos, crisis institucionales, casos de corrupción, inseguridad, desgaste de liderazgos y dificultades para responder a nuevas demandas sociales.

Y allí comenzó la alternancia.

Primero aparecieron figuras de derecha más tradicionales.

Después surgieron dirigentes con discursos mucho más disruptivos.

Jair Bolsonaro llegó a la presidencia de Brasil en 2018.

Nayib Bukele llegó al poder en El Salvador en 2019.

Y posteriormente aparecieron fenómenos como Milei en Argentina.

Por eso, Trump no inventó este movimiento.

Trump forma parte de un fenómeno internacional más amplio y, al mismo tiempo, contribuye a acelerarlo, legitimarlo y conectarlo internacionalmente.

Trump: ¿impulsor o acelerador?

Donald Trump ocupa hoy un lugar central en esta discusión.

Su influencia no se limita a Estados Unidos. Su discurso sobre soberanía, seguridad, migración, reducción del Estado, nacionalismo económico y confrontación con las elites políticas encontró eco en diferentes movimientos de derecha.

Pero hay que distinguir entre origen e influencia.

El fenómeno latinoamericano tiene causas propias.

Trump puede funcionar como un acelerador internacional, como un punto de conexión entre dirigentes y movimientos que comparten determinadas ideas.

La elección brasileña lo demuestra.

La investigadora Guadalupe González, del Colegio de México, señaló que la elección brasileña tiene una importancia estratégica para la relación entre América Latina y Estados Unidos bajo la actual administración Trump, y sostuvo que un eventual triunfo de Flávio Bolsonaro supondría un mayor alineamiento de Brasil con Washington. Al mismo tiempo, advirtió que no toda América Latina puede ser caracterizada simplemente como una región derechizada.

Esta observación es fundamental.

Porque una cosa es decir:

“La derecha está ganando elecciones”.

Y otra, mucho más precisa:

“Los oficialismos están perdiendo elecciones y, en muchos casos, quienes capitalizan ese descontento son candidatos de derecha”.

El dato que cambia la interpretación

El Centro de Barcelona para Asuntos Internacionales (CIDOB) publicó recientemente un análisis que advierte precisamente sobre este punto.

Según Anna Ayuso y Jara Mejia, la llamada ola derechista latinoamericana no es homogénea y el voto hacia estas opciones puede ser interpretado también como un voto de castigo hacia una clase política considerada incapaz de responder a problemas como la inseguridad, la corrupción y las demandas sociales.

Es decir:

el elector no necesariamente está diciendo “quiero derecha”.

Muchas veces está diciendo:

“No quiero más de lo mismo”.

Y esto cambia completamente la lectura.

Porque si el factor fundamental fuera exclusivamente ideológico, esperaríamos una consolidación estable de electorados de derecha.

Pero si el factor central es el anti-oficialismo, el escenario puede volver a cambiar cuando los gobiernos de derecha enfrenten inflación, desempleo, inseguridad, pérdida del poder adquisitivo o incumplimiento de expectativas.

En otras palabras:

el mismo mecanismo electoral que llevó a la derecha al poder puede utilizarse mañana para sacarla del poder.

Argentina: Milei y la oportunidad regional

En este contexto aparece Javier Milei.

El presidente argentino intenta transformar su experiencia nacional en una referencia internacional.

El gobierno argentino interpreta los recientes resultados electorales como parte de una tendencia regional y busca proyectar a Milei como uno de los impulsores de esa nueva derecha. Infobae señala que en la Casa Rosada imaginan incluso una relación de liderazgo compartido con el espacio bolsonarista si Flávio Bolsonaro llegara a imponerse en el balotaje.

Pero aquí aparece una cuestión de Ciencia Política:

tener afinidad ideológica no significa necesariamente tener liderazgo regional.

El liderazgo regional depende también de recursos económicos, capacidad diplomática, peso internacional, instituciones, alianzas y capacidad para construir consensos.

Brasil tiene una dimensión económica, demográfica y geopolítica que Argentina no posee.

Argentina, por su parte, tiene otra capacidad: la proyección internacional de su presidente y la capacidad de Milei para instalar determinados debates en el espacio político global.

Por eso, más que pensar quién será “el líder” de la derecha latinoamericana, quizás sea más interesante observar cómo se construye una red transnacional de dirigentes y movimientos de derecha.

Brasil es una prueba especialmente importante

Brasil funciona como un laboratorio político.

Lula representa la continuidad de una tradición política de izquierda y centroizquierda.

Flávio Bolsonaro representa la continuidad del movimiento bolsonarista.

Y el resultado de la primera vuelta muestra algo importante: la sociedad brasileña continúa profundamente polarizada.

Pero tampoco debemos olvidar que detrás de los candidatos existen demandas concretas.

Seguridad.

Economía.

Corrupción.

Impuestos.

Empleo.

Servicios públicos.

Identidad.

Relación con Estados Unidos.

Lugar de Brasil en el mundo.

El resultado electoral es, entonces, una combinación entre ideología, evaluación del gobierno, identidad política y contexto económico-social.

Reducirlo simplemente a “izquierda contra derecha” sería demasiado sencillo.

La advertencia para Milei

Aquí aparece quizás el dato políticamente más importante.

Si la explicación del cambio regional fuera solamente:

“La gente se hizo de derecha”,

entonces el proceso podría ser leído como una transformación ideológica profunda.

Pero si la explicación es:

“La gente está castigando a los gobiernos que no responden a sus expectativas”,

entonces ningún gobierno tiene asegurado el futuro.

Esto también alcanza a Milei.

Porque el mismo electorado que puede castigar a un gobierno de izquierda puede castigar posteriormente a un gobierno de derecha.

La Ciencia Política conoce este mecanismo como voto retrospectivo: los ciudadanos evalúan la gestión y utilizan esa evaluación para decidir si continúan o cambian el gobierno.

Por eso, la pregunta para las nuevas derechas latinoamericanas no será solamente cómo llegar al poder.

Será:

¿cómo transformar el voto de protesta en una coalición política estable?

No es una ola: es un ciclo político

Tal vez sea más preciso hablar de un ciclo de alternancia política que de una simple “ola derechista”.

Un estudio de Juan Pablo Luna y Cristóbal Rovira Kaltwasser ya había señalado que el supuesto giro a la derecha podía entenderse como una alternancia generada por el castigo a los oficialismos, en un contexto de debilitamiento de los partidos tradicionales y aparición de nuevos vehículos electorales.

Y un análisis reciente de Financial Times también advierte que las victorias de derecha en distintos países no necesariamente implican un consenso conservador estable, sino una combinación de descontento, polarización y volatilidad electoral.

Esto nos lleva a una conclusión:

América Latina no necesariamente está abandonando una ideología para abrazar otra.

Está cambiando sus preferencias políticas con mucha mayor velocidad.

Y eso es diferente.

¿Qué nos dice esto sobre Milei, Bolsonaro y Trump?

Los tres fenómenos pueden conectarse.

Trump aporta una dimensión global.

Milei aporta una experiencia libertaria particularmente radical en materia económica.

El bolsonarismo aporta una estructura política y electoral de enorme peso en Brasil.

Pero ninguno de los tres explica por sí solo el fenómeno.

La transformación latinoamericana tiene raíces propias: crisis económicas, inseguridad, desgaste de los partidos tradicionales, desconfianza institucional, corrupción, polarización, demandas de renovación política y frustración con los resultados de los gobiernos.

Por eso, Trump no creó la derecha latinoamericana.

Y tampoco Milei.

Y tampoco Bolsonaro.

Son actores importantes de un proceso mucho más amplio.

El verdadero cambio político

Entonces, quizás la pregunta no sea:

¿Está ganando la derecha?

La pregunta más profunda es:

¿Por qué los oficialismos están perdiendo?

Porque allí puede estar la verdadera explicación del nuevo mapa político latinoamericano.

Cuando una sociedad cambia de gobierno una y otra vez, no necesariamente está cambiando de ideología.

Puede estar buscando respuestas.

Y cuando esas respuestas no aparecen, cambia nuevamente.

Eso convierte a América Latina en un escenario de enorme volatilidad política.

Hoy puede gobernar la izquierda.

Mañana la derecha.

Después puede aparecer un outsider.

Y posteriormente otro espacio político.

El desafío para todos ellos es el mismo:

convertir una victoria electoral en legitimidad de gobierno.

Porque ganar una elección permite acceder al poder.

Pero gobernar es otra cosa.

Cierre

Desde Momento Político, la lectura que proponemos es clara:

no alcanza con mirar el color político de los gobiernos que ganan. Hay que mirar también el color político de los gobiernos que pierden.

Si observamos solamente el avance de las derechas, vemos una ola.

Si observamos el comportamiento del electorado, podemos encontrar algo más complejo:

una sociedad latinoamericana que castiga, alterna, prueba y vuelve a cambiar.

Milei puede intentar convertirse en uno de los referentes de esa transformación.

Bolsonaro puede representar una continuidad del fenómeno en Brasil.

Trump puede funcionar como articulador internacional.

Pero ninguno de ellos controla por completo el proceso.

Porque el verdadero protagonista sigue siendo el elector.

Y ese elector está demostrando algo que la Ciencia Política conoce desde hace mucho tiempo:

los gobiernos pueden ganar elecciones, pero no poseen para siempre el voto de la sociedad.

Esto es Momento Político.

Acá no solo leemos títulos.

Acá analizamos la política.

Fuentes utilizadas

  • Juan Pablo Luna y Cristóbal Rovira Kaltwasser, politólogos: análisis del castigo a los oficialismos y la alternancia como explicación del supuesto giro regional a la derecha.

  • Juan Negri, director de las licenciaturas en Ciencia Política y Gobierno y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella, sobre el avance electoral de las derechas en América Latina.

  • CIDOB, Anna Ayuso y Jara Mejia: análisis sobre la heterogeneidad de la ola derechista y el peso del voto de castigo.

  • International IDEA, sobre el peso de la insatisfacción con los oficialismos y la polarización en el nuevo escenario regional.

  • Reuters / cobertura electoral brasileña, resultados de la primera vuelta de Brasil y consolidación del bolsonarismo.

  • Infobae, análisis sobre la estrategia del gobierno de Milei y la posibilidad de un liderazgo compartido con el bolsonarismo.

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