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PISA 2025: cuando el fracaso educativo deja de ser un dato y se convierte en un problema de Estado

hace 2 días
7 min de lectura

Actualizado: hace 13 horas

Por el Lic. en Ciencia Política Antonio Tony Gallardo

Hay datos que pueden discutirse. Hay estadísticas que pueden cuestionarse. Pero hay resultados que obligan a detenerse.

Las nuevas pruebas PISA vuelven a colocar a la Argentina frente a una pregunta incómoda: ¿qué está pasando con la capacidad del Estado para garantizar que nuestros jóvenes adquieran los conocimientos básicos que necesitan para desenvolverse en la sociedad?

PISA es una evaluación internacional organizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos —OCDE— que analiza las competencias de estudiantes de 15 años en Matemática, Lectura y Ciencias.

Y el resultado argentino es preocupante.

Según los datos difundidos sobre PISA 2025, Argentina obtuvo 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura y 393 en Ciencias, con retrocesos respecto de 2022. En Matemática, apenas alrededor de uno de cada cuatro estudiantes alcanzó el nivel mínimo esperado.

Pero detrás de cada porcentaje hay algo mucho más importante: hay jóvenes que están llegando al futuro con menos herramientas para comprenderlo.


América Latina: ranking PISA 2025

En términos generales, Chile continúa siendo uno de los países latinoamericanos de mejor desempeño, mientras que Argentina queda en una posición intermedia-baja de la región.

País

Matemática

Lectura

Ciencias

Situación

🇨🇱 Chile

🟢 Mejor desempeño regional

🇺🇾 Uruguay

🟢 Alto en la región

🇲🇽 México

388

408

414

🟡 Medio

🇨🇴 Colombia

381

399

414

🟡 Medio

🇧🇷 Brasil

377

408

409

🟠 Bajo/medio

🇦🇷 Argentina

🔴 Retroceso importante

🇨🇷 Costa Rica

🟠 Estancamiento/retroceso

No es solamente un problema educativo: es un problema político

Desde la Ciencia Política, la educación no puede analizarse únicamente como una cuestión pedagógica.

La educación es una política pública.

Y una política pública implica decisiones: presupuesto, prioridades, instituciones, formación docente, evaluación, infraestructura, programas de acompañamiento, coordinación entre Nación y provincias y, fundamentalmente, capacidad del Estado para sostener una estrategia durante muchos años.

Aquí aparece una primera cuestión fundamental.

No alcanza con cambiar un ministro, un gobierno o un programa educativo para solucionar un problema que lleva años acumulándose.

Los resultados de PISA 2022 ya mostraban una situación muy compleja: el 72,7% de los estudiantes argentinos no alcanzaba el nivel mínimo en Matemática, mientras que en Lectura era el 55% y en Ciencias el 54%.

Por lo tanto, el deterioro actual no comenzó ayer.

Pero tampoco puede utilizarse esa explicación para negar las responsabilidades presentes.

El problema de la política de la culpa

Cuando aparecen malos resultados educativos, la primera reacción de la política suele ser buscar un responsable.

Un gobierno señala al anterior.

La oposición señala al gobierno actual.

Los sindicatos señalan al ajuste.

Otros sectores señalan a los docentes, a las familias, a las nuevas tecnologías o a los cambios culturales.

Y mientras todos buscan al culpable, el problema permanece.

El Gobierno de Javier Milei sostuvo que los resultados reflejan principalmente un deterioro acumulado durante administraciones anteriores y remarcó que un problema estructural no puede solucionarse en pocos años.

Hay una parte de esa argumentación que merece ser considerada: efectivamente, PISA muestra una tendencia de deterioro que antecede al actual gobierno.

Pero existe también una segunda pregunta que desde la Ciencia Política no podemos evitar:

¿qué responsabilidad tiene el Estado actual frente a un problema que ya conoce?

Porque gobernar no significa solamente administrar el presente.

Gobernar también significa anticiparse al futuro.

Tenti Fanfani y la escuela como cuestión social

El sociólogo y politólogo Emilio Tenti Fanfani ha trabajado extensamente sobre la relación entre escuela, Estado y sociedad.

Su enfoque permite comprender que la escuela no puede analizarse aislada de las transformaciones sociales que atraviesan a los jóvenes, las familias y las instituciones.

La educación no ocurre solamente dentro del aula.

También está atravesada por las condiciones sociales, económicas y culturales en las que viven los estudiantes.

Por eso, cuando hablamos de PISA, no deberíamos preguntarnos únicamente:

“¿Por qué los chicos no aprenden?”

La pregunta política debería ser mucho más amplia:

¿qué condiciones sociales, institucionales y educativas estamos construyendo para que puedan aprender?

Ese cambio de pregunta es fundamental.

François Dubet y una cuestión central: la desigualdad

El sociólogo francés François Dubet, uno de los autores que más ha estudiado las desigualdades educativas, plantea una cuestión que resulta especialmente importante para interpretar estos resultados: la escuela puede funcionar simultáneamente como espacio de integración y como espacio donde las desigualdades sociales se reproducen.

Esto significa que dos estudiantes pueden sentarse en el mismo aula, pero no necesariamente llegan a ella con las mismas oportunidades.

Uno puede tener computadora, conectividad, libros, acompañamiento familiar y un ambiente tranquilo para estudiar.

Otro puede vivir situaciones de pobreza, precariedad habitacional, dificultades alimentarias, falta de conectividad o ausencia de adultos disponibles para acompañar sus tareas.

Por eso, igualdad educativa no significa solamente abrir las puertas de la escuela.

Significa también crear condiciones para que los estudiantes puedan aprovechar efectivamente esa oportunidad.

Y aquí PISA nos vuelve a interpelar.

La educación también es una política de desarrollo

El Banco Interamericano de Desarrollo advierte que América Latina y el Caribe presentan importantes rezagos educativos respecto de los países de la OCDE. En Matemática, el estudiante promedio de la región presenta un rezago equivalente a varios años de escolaridad frente al promedio de la OCDE.

Entonces, Argentina no está sola frente al problema.

Pero tampoco puede conformarse con decir:

“Todos estamos mal”.

La política pública se construye mirando justamente quién logra mejorar mientras otros retroceden.

Porque si algunos países de la región consiguen mejores resultados o logran sostener determinados aprendizajes, la pregunta política deja de ser solamente cuánto dinero se gasta.

También debemos preguntarnos:

¿cómo se administra ese dinero?

¿Qué se enseña?

¿Cómo se evalúa?

¿Cómo se acompaña a los estudiantes que quedan atrás?

¿Cómo se forman los docentes?

¿Cómo se coordinan las políticas entre Nación y provincias?

PISA tampoco es la verdad absoluta

Hay que hacer otra aclaración importante.

PISA no mide absolutamente todo lo que significa educar.

No mide la totalidad del trabajo docente.

No mide creatividad, solidaridad, compromiso ciudadano, pensamiento crítico en todas sus dimensiones ni todas las experiencias que forman a una persona.

La propia discusión académica sobre estas evaluaciones invita a analizar qué aprendizajes se están midiendo y cuáles quedan fuera.

Por eso, sería un error convertir PISA en un campeonato internacional donde simplemente miramos un ranking.

Pero también sería un error todavía mayor ignorar sus resultados.

Si un indicador internacional muestra reiteradamente dificultades en aprendizajes fundamentales y esos resultados coinciden con otras evaluaciones nacionales, entonces tenemos una señal de alerta que el Estado debe tomar seriamente.

El verdadero problema: la continuidad de las políticas públicas

Desde mi perspectiva como Licenciado en Ciencia Política, aquí aparece el punto central.

Argentina tiene un problema de continuidad de las políticas públicas.

Cada gobierno llega con su propio diagnóstico.

Cada administración modifica programas.

Cada gestión intenta dejar su marca.

Y muchas veces se pierde algo esencial: la planificación de largo plazo.

La educación necesita políticas que duren más que un mandato presidencial.

Necesita acuerdos básicos.

Necesita objetivos medibles.

Necesita evaluación.

Necesita información pública.

Necesita inversión.

Necesita docentes jerarquizados.

Necesita escuelas funcionando.

Y necesita algo que en Argentina parece cada vez más difícil de construir:

un acuerdo político sobre lo que no debería cambiar aunque cambie el gobierno.

El costo político de no resolver el problema

Existe además una consecuencia que muchas veces no aparece inmediatamente en una encuesta.

Un estudiante que no comprende un texto tiene mayores dificultades para estudiar.

Un estudiante que no domina Matemática tiene mayores obstáculos para determinadas carreras y empleos.

Un joven que termina la secundaria sin aprendizajes fundamentales puede ingresar al mercado laboral en condiciones de mayor vulnerabilidad.

Y una sociedad con grandes sectores de jóvenes con dificultades educativas también enfrenta problemas futuros de productividad, empleo, ciudadanía y participación política.

Por eso, la crisis educativa no solamente afecta a las escuelas.

Afecta al modelo de sociedad que estamos construyendo.

La pregunta que debería hacerse la política argentina

Tal vez la pregunta más importante no sea:

¿Quién tiene la culpa de que Argentina haya caído en PISA?

La pregunta debería ser:

¿Qué vamos a hacer durante los próximos diez años para que nuestros chicos aprendan más que los chicos de hoy?

Porque los resultados de PISA 2025 no pueden solucionarse mirando hacia atrás.

Hay que mirar hacia adelante.

Un gobierno puede atribuir el problema a la herencia recibida.

La oposición puede atribuirlo al ajuste.

Los sindicatos pueden reclamar mejores condiciones laborales.

Los docentes pueden señalar la falta de recursos.

Las familias pueden reclamar mayor acompañamiento.

Y todos pueden tener una parte de razón.

Pero desde la Ciencia Política debemos recordar algo fundamental:

la política pública existe precisamente para coordinar intereses, administrar conflictos y transformar problemas sociales en decisiones colectivas.

Conclusión: no estamos frente a un examen, estamos frente a una advertencia

PISA no debería convertirse en una pelea partidaria.

No debería utilizarse para atacar a un gobierno ni para defender automáticamente a otro.

Debería servir para algo mucho más importante:

para discutir qué Estado queremos construir.

Porque detrás de los 367 puntos de Matemática, de los 389 de Lectura y de los 393 de Ciencias no hay solamente números.

Hay adolescentes.

Hay familias.

Hay docentes.

Hay escuelas.

Y hay una generación que está atravesando su formación en un país que necesita desesperadamente recuperar capacidades educativas.

La educación no produce resultados electorales inmediatos.

No inaugura obras con una placa.

No genera una foto política todos los días.

Pero define algo mucho más importante:

qué ciudadanos, qué trabajadores, qué profesionales y qué dirigentes tendrá la Argentina dentro de diez, veinte o treinta años.

Por eso, el verdadero desafío político no es discutir quién perdió PISA.

El verdadero desafío es evitar que pierda una generación.

Y si hay una conclusión que deberíamos sacar de estos resultados es contundente:

la educación no puede ser una política de gobierno; tiene que volver a ser una política de Estado.

Lic. en Ciencia Política Antonio Tony GallardoMomento Político

 

Fuentes principales: OCDE/PISA, Ministerio de Educación de la Nación, CIPPEC, Banco Interamericano de Desarrollo y Chequeado. Los datos de PISA 2025 fueron contrastados además con la cobertura reciente de los resultados y las explicaciones oficiales y de especialistas.

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